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    Evangelio del Día Domingo 19 de Abril - San Juan 20, 19-31


      Evangelio del Día Domingo 19 de Abril

    Primera lectura

    Hch 2, 42-47
    En los primeros días de la Iglesia, todos los que habían sido bautizados eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Toda la gente estaba llena de asombro y de temor, al ver los milagros y prodigios que los apóstoles hacían en Jerusalén.
    Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos, según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y toda la gente los estimaba. Y el Señor aumentaba cada día el número de los que habían de salvarse.

    Salmo

    Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24 
    R/. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia
    Diga la casa de Israel:
    eterna es su misericordia.
    Diga la casa de Aarón:
    eterna es su misericordia.
    Digan los fieles del Señor:
    eterna es su misericordia. R/.


    Empujaban y empujaban para derribarme,
    pero el Señor me ayudó;
    el Señor es mi fuerza y mi energía,
    él es mi salvación.
    Escuchad: hay cantos de victoria
    en las tiendas de los justos. R/.


    La piedra que desecharon los arquitectos
    es ahora la piedra angular.
    Es el Señor quien lo ha hecho,
    ha sido un milagro patente.
    Éste es el día que hizo el Señor:
    sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.




    Segunda lectura

    1 Ped 1, 3-9
    Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni mancharse y que él nos tiene reservada como herencia en el cielo. Porque ustedes tienen fe en Dios, él los protege con su poder, para que alcancen la salvación que les tiene preparada y que él revelará al final de los tiempos.
    Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego.
    A Cristo Jesús no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en él ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe.


    Evangelio del Día

    San Juan 20, 19-31
    Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
    De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
    Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
    Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
    Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

      “¡Señor mío y Dios mío!”

    Palabras del Santo Padre


    Jesús nos invita a mirar estas heridas, nos invita a tocarlas, como hizo con Tomás, para curar nuestra incredulidad. Nos invita sobre todo a entrar en el misterio de estas heridas, que es el misterio de su amor misericordioso. Frente a los trágicos acontecimientos de la historia de la humanidad, a veces nos quedamos como aplastados, y nos preguntamos «¿por qué?». La maldad humana puede abrir en el mundo como abismos, grandes vacíos: vacíos de amor, vacíos de bondad, vacíos de vida. Y entonces nos preguntamos: ¿cómo podemos llenar estos abismos? Para nosotros es imposible; sólo Dios puede llenar esos vacíos que el mal abre en nuestros corazones y en nuestra historia. Es Jesús, hecho hombre y muerto en la cruz, quien colma el abismo del pecado con el abismo de su misericordia. (II Domingo de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia Homilía de la Misa para los fieles del rito armenio - 12 de abril de 2015)

    Reflexión Fray Nelson Medina.


    DOMINGO II DE PASCUA, “DE LA MISERICORDIA”, CICLO A La misma misericordia que hizo que Cristo se encarnara y viviera oculto es la que se manifiesta también en su resurrección confirmándonos en la fe, la esperanza y el amor.



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